17 julio 2013

El dormitorio de San Luis. Guerra de bolsas.

No recuerdo con exactitud el año. Puede ser que fuera 1968 o 1969. Si recuerdo que era una mañana de domingo, pues la noche anterior, sábado, tocó mudarse, y nuestras bosas de tela blanca numeradas, con el número asignado al entrar en el Seminario, estaban colmadas por nuestras prendas personales que iban a ser enviadas a la lavandería. En este día otros alumnos de otros cursos habían salido de excursión con ellos varios de los curas que normalmente estaban al cargo de nuestra vigilancia. “El pasante” de nuestro dormitorio de San Luis, un chico de Zaragoza, también estaba de excursión y su responsabilidad pasó a algunos de nosotros a quien se le hizo poco caso, por lo visto. El cuadro de mando estaba bajo mínimos. Don Teodoro alias “el Oso” era uno de los pocos que se quedaron de guardia.
 
Nuestro subconsciente estaba preparado. Al iluminarse el dormitorio por la luz de la mañana nos fuimos despertando al son de los impactos de la bolsas de tela sobre nuestras cabezas, hasta conseguir una guerra campal entre los de la fila de camas de la derecha y los de la izquierda. Alboroto y algarabía general. A quien se le ocurriría la idea de hacer una incursión bélica al dormitorio de San Estanislao de Kostka, en el que aún dormitaban los alumnos de otro curso superior al nuestro. Sé que el ataque fue planificado y llevado acabo con sigilo. Una incursión efectiva y fugaz. Tan rápidos como atacamos a los indefensos noctámbulos, tan rápidos nos retiramos a la guarida de San Luis. Todos en sus camas y en guardia, previendo la venganza de las hordas de San Estanislao, que como ejercito de hunos irrumpieron en estampida sobre nosotros. Tan monumental alboroto provocó que despertáramos al “Oso” (y lo cito así desde le mayor de los respetos y aprecio). Los vigías detectaron que su presencia iba a ser inmediata. Retirada general por ambos bandos. Dada la alarma, en el Dormitorio de San Luis y en el de San Estanislao se hizo un silencio sepulcral, que de poco sirvió, ya que la huellas de la batalla campal eran evidentes y los ecos del batir de nuestras armas recorrían los largos pasillos del Seminario. Don Teodoro con su faz muy seria, que acentuaban sus grandes y pobladas cejas, por eso su apodo, nos hizo levantar y posar de rodillas al borde de nuestras camas junto al pasillo central mientras nos caía un general y monumental rapapolvos, que terminó en convertir nuestro domingo, día de descanso, juegos y paseo, en un record de horas de estudio. Bendito castigo!

© Manuel Arribas.