22 junio 2010

La flor del ajo.

Esta hortaliza de tan común uso en la cocina mediterránea, llama poderosamente la atención cuando se pone en flor. La planta alcanza gran altura y en el extremo del largo tallo una flor a modo de inflorescencia, en forma de bola de hasta ocho centímetros de diámetro. Los meses de mayo-junio son los propios para su floración. De la flor salen las semillas que propagan la planta en su estado salvaje, pues para su cultivo se hace uso de la separación de los bulbillos (los dientes de ajo). Esta flor que muestro en la fotografía la encontré en el huerto de mi buen amigo y vecino Antonio Pérez.



Del ajo se puede escribir largo y tendido. No es el propósito de esta entrada de blog. Si os diré que su nombre viene del latín alium; que es una planta de la familia de las liliáceas de 30 a 40 cm de altura (esta de la fotografía alcanzaba los 160 cm), con hojas ensiformes muy estrechas y bohordo con flores blancas y rosáceas. Su bulbo es blanco, redondo y de olor fuerte y se usa mucho como condimento.
“Aunque posee un origen incierto, se lo considera oriundo de Asia, desde donde se extendió a toda Europa, y desde allí hacia América, por medio de los conquistadores españoles. En Egipto era consumido por los esclavos que trabajaban en la construcción de las pirámides, ya que se le atribuían propiedades fortificantes y revigorizantes. Durante los tiempos de la Grecia y Roma antigua, era consumido principalmente por soldados, navegantes y campesinos. Los gladiadores eran muy aficionados a su consumo por las propiedades excitantes de la libido que se le atribuían. En la Edad Media ya se usaba con fines terapéuticos, generalmente para combatir enfermedades bacterianas. Durante la Primera Guerra Mundial se empleó como antiséptico externo para desinfectar heridas cuando no se disponía de los antisépticos habituales. En la actualidad es cultivado y consumido en todo el mundo y también utilizado como componente de muchas recetas farmacéuticas.”
En cuanto a su valor medicinal, “en la actualidad, el ajo es una medicina naturista y tiene una amplia utilización farmacológica. Es eficaz como antibiótico, combatiendo numerosos hongos, bacterias y virus; reduce la presión arterial y el colesterol; incrementa el nivel de insulina en el cuerpo; controla los daños causados por la arterioesclerosis, y el reumatismo. También se relaciona con la prevención de ciertos tipos de cáncer, ciertas complicaciones de la diabetes mellitus, en la reversión del estrés y la depresión.”

A modo de anécdota os diré, que en ocasión el abuelo (mi padre) preguntaba a su nieta (mi hija pequeñita entonces) que si su padre había sembrado los ajos, que esto “se hacia con cuarto menguante”, a lo que ella le respondió: “mi padre los planta con la mano”.