20 abril 2010

Cuentos al amor de la lumbre.

Aún recuerdo como el abuelo escarbaba las cenizas para atizar el último rescoldo de las ascuas mortecinas. El reloj de la salita, en cierta lejanía, golpea el silencio de la oscura y fría noche de este invierno aletargado en su crudeza, para dar paso a una nueva hoja del almanaque, que la abuela ha arrancado en acto reflejo de monotonía, casi antes de terminar de desvanecerse el sonido del carrillón. La bolsa del agua caliente está preparada. Hará más confortable mi lecho en la alcoba de la salita. Todos se han ido a la cama. todos menos el tío Gregorio, que acompañado por el pastor, abrigados con una manta y farol en mano, han partido hacia la majada, a dar vuelta, creo que había ovejas a punto de parir. Había sido una gran velada. Cuando la lumbre estaba animada, su calor esparcido entorno a la chimenea hizo que corrieran las historias y los cuentos como el chisporroteo de la leña húmeda. Esta noche dormiré calentito con mi bolsa de agua caliente, amor de abuela, y no tendré que mirar debajo de la cama, no han contado historias de miedo.