01 marzo 2009

Los Sitios de Zaragoza (Recreación Histórica)

La I Recreación Histórica de Los Sitios de Zaragoza,
(fotos) en la que se han escenificado distintas batallas y la capitulación de los aragoneses en los lugares que fueron protagonistas hace 200 años terminó en el Palacio de la Aljafería.

En la recreación han participado unas 350 personas entre franceses, polacos y españoles. Estos últimos procedían de diferentes puntos de la geografía del país, como "País Vasco, Móstoles, Valencia, Murcia y Castilla-León". Los 45 polacos que acudieron para dar vida a su regimiento, llegaron a Zaragoza tras un viaje en autobús de tres días.


Los campesinos, trabajadores de los gremios y jornaleros que estaban inquietos desde hacía unos meses, comenzaban a movilizarse poniendo pasquines en contra de la presencia francesa. Dirigían el movimiento líderes "naturales", labradores medianos que gozaban de prestigio entre los demás. El 6 de mayo comienzan a conocerse los acontecimiento madrileños del día 2 y se aceleran los preparativos. El historiador francés Daudebard de Férussac dice que todo el pueblo zaragozano se puso en movimiento, los grupos se juntaban en las plazas públicas, se hablaba con una libertad desconocida hasta ahora y se ponían carteles sediciosos contra las autoridades. Todo estaba dispuesto para el estallido pero carecían de una cabeza. Buscaron durante días una persona de prestigio, noble o militar, que les dirigiera en su insurrección, pero todos los consultados rehusaron excusándose, Palafox seguía escondido. Todo parece indicar que no era ésta su revolución.
El motín popular estalló el día 24 de mayo: las noticias de la salida de los príncipes hacia Bayona y la nueva renuncia que hacía Fernando VII en favor de su padre fue suficiente. Algunos de los decididos se colocaron la escarapela roja en el sombrero y se dirigieron a la residencia del capitán general para exigirle armas. Ante la negativa de éste se lo llevaron al castillo de La Aljafería donde le dejaron encerrado apoderándose de unos 25.000 fusiles, de los que se distribuyeron inmediatamente 5.000, y algunos cañones. Durante todo el día, carentes de dirección, los ciudadanos armados de Zaragoza se dedicaron a esperar. Mientras, se reunía la Real Audiencia presidida por el sustituto de Guillelmi, el general Mori, sin vislumbrar una salida al conflicto. En medio de la espera, alguién recordó a Palafox, y el conocido como "tío Jorge", acompañado por otros hombres armados, fue en su busca. Palafox relata en sus Memorias que cuando vio llegar gente armada a La Alfranca, creyó que eran fuerzas mandadas por el capitán general para detenerle. Los recién llegados le invitaron a acompañarles a Zaragoza para ser nombrado capitán general y ponerse al frente de la insurrección. Palafox, como habían hecho otros, rehusó en un principio pero, al fin, ante su insistencia, fue con ellos a Zaragoza donde fue recibido en medio de aclamaciones.
La Junta de Defensa, convocada secretamente, presidida por el Regente de la Audiencia, Pedro María Ric, e integrada por tan sólo ocho de sus treinta y cuatro miembros, salió al caer la tarde por la Puerta del Angel, escoltada por fuerzas francesas, para alcanzar la Aljafería y, desde allí, trasladarse a Casablanca, donde estaba asentado el Estado Mayor del mariscal Lannes, duque de Montebello. El vencedor, tras recriminar a los representantes de la ciudad por su resistencia y actitud beligerante a los dictados del rey José I y del emperador Napoléon, exigió la inmediata puesta en libertad del depuesto Capitán General Guillemi y del conde de Fuentes —servidor del monarca intruso, quien permanecía detenido desde las jornadas anteriores al primer sitio—, recluidos en el castillo de la Aljafería. Después, hizo firmar a los presentes el documento de capitulación —que habría de ser ratificado después por todos los miembros de la Junta, obligándose, incluso, al moribundo Palafox a hacerlo a punta de pistola—, en el que tras declarar que siempre había sido intención del mariscal Lannes salvar la ciudad —auténtico sarcasmo vertido sobre la sombra de tanta sangre, destrucción y muerte—, acordaba un perdón general del Rey y del Emperador para quienes cumpliesen las condiciones fijadas en los once puntos siguientes:
«Artículo 1º: La guarnición de Zaragoza saldrá mañana 21, al mediodía, por la puerta del Portillo con sus armas, y las depositará a cien pasos de dicha puerta.
«Artículo 2º: Todos los oficiales y soldados de las tropas españolas prestarán juramento de fidelidad a Su Majestad Católica el Rey José Napoleón I.
«Artículo 3º: Todos los oficiales y soldados españoles que hubieran prestado juramento de fidelidad, quedarán libres de entrar al servicio de Su Majestad Católica.
«Artículo 4º: Los que de entre ellos no quisieran entrar al servicio, quedarán como prisioneros de guerra a Francia.
«Artículo 5º: Todos los habitantes de Zaragoza y los extranjeros que en ella se encuentren, serán desarmados por los Alcaldes, y las armas depositadas en la puerta del Portillo el día 21 a mediodía.
«Artículo 6º: Las personas y las propiedades serán respetadas por las tropas de Su Majestad el Emperador y Rey.
«Artículo 7º: La religión y sus ministros serán respetados. Se colocarán guardias en las puertas de los principales edificios.
«Artículo 8º: Las tropas francesas ocuparán mañana a mediodía todas las puertas de la ciudad, el castillo y el Coso.
«Artículo 9º: Toda la artillería y las municiones de toda especie se entregarán a las tropas de Su Majestad el Emperador y Rey mañana a mediodía.
«Artículo 10º: Todas las cajas militares y civiles se pondrán a disposición de Su Majestad Católica.
«Artículo 11º: Todas las administraciones civiles y toda clase de empleados, prestarán juramento de fidelidad a Su Majestad Católica. La Justicia será la misma y se rendirá en nombre de Su Majestad Católica el Rey José Napoleón I».

Algunas horas después y de nuevo en la ciudad, todos los miembros de la Junta de Defensa, con la excepción de Pedro Miguel Goicoechea, ratificaron el acta de capitulación, se informó al moribundo Palafox de lo acordado y se refugiaron en la Aljafería mientras en Zaragoza hervían las manifestaciones contrarias a la entrega de una ciudad destruida e insalubre, sembrada por más de seis mil cadáveres e iluminada por los incendios. El propio general Léjeune, testigo excepcional de aquellos meses, describe la salida humillante de los defensores vencidos en la mañana del día 21: «La columna española salió ordenadamente con sus banderas y armas. Nunca pudo nuestra vista contemplar un espectáculo más triste y conmovedor. Trece mil hombres enfermos con el germen del contagio en su sangre, enflaquecidos horriblemente, de barba negra, larga y descuidada, con fuerza apenas para sostener sus armas, se arrastraban lentamente al sonido del tambor. Sus trajes sucios y en desorden, bosquejaban un cuadro de la más espantosa miseria. Un sentimiento de arrogancia y orgullo indefinibles aparecía en los rasgos de sus semblantes lívidos, ennegrecidos por el humo de la pólvora y sombríos por la cólera y la tristeza... En el momento en que estos bravos depusieron sus armas y entregaron sus banderas veíaseles presa de un violento sentimiento de desesperación. Sus ojos chispeaban de cólera».

Los vencedores no fueron generosos, ni siquiera estrictos con los términos de la capitulación que habían impuesto. El saqueo del tesoro del Pilar fue el preludio de una feroz represalia que, selectiva y minuciosamente preparada, empañó la victoria. Los nombres de los eclesiásticos Boggiero, Sas y Consolación son solo la vanguardia de los dos centenares largos que fueron exterminados camino de Alagón, cuando con el enorme contingente de militares que no habían querido prestar juramento de fidelidad al rey intruso, eran conducidos a Francia. La piedad del vencedor tampoco fue estimulada ante la imagen de Palafox, quien en el lecho en el que se adivinaba la proximidad de la muerte, fue obligado trasladarse a Casablanca con objeto de firmar el texto de la capitulación, humillándose ante el mariscal Lannes. Es más, habiéndose agravado su estado hasta el punto de recibir la Extrema Unción el día 24 de febrero, fue desarmado y convertido en preso de estado, que no de guerra, de acuerdo con las órdenes precisas de Napoleón en tal sentido, que incluían su traslado a Francia, siendo recluido en el castillo de Vicennes bajo el nombre supuesto de Pedro Mendoza, para borrar todo rastro de su persona. Mientras tanto, los 12.000 prisioneros llevados a Francia, de los que morían diariamente a consecuencia de su estado y de las penalidades de la marcha de 300 a 400, merecían de Napoleón la consideración que puede extraerse de sus palabras sacadas de unas instrucciones dadas al ministro de la guerra el 6 de marzo de 1809: «Recomendaréis un régimen severo y que se tomen medidas para hacer trabajar a estos individuos de buen grado o por la fuerza. Son en su mayoría fanáticos que no merecen ninguna consideración»