03 enero 2009

“Eli, Eli, lama sabacteni”

¿Dios mío, Dios mío, porqué me has desamparado?. Es frecuente encontrar en nuestras ciudades un gran número de personas indigentes. Cuando pasas a su lado no puedes evitar hacerte preguntas sobre que oscuros motivos ha hecho llegar a esas personas a tan extremas situaciones. Es duro comprender que en una sociedad moderna y relativamente acomodada, nos encontremos a diario este tipo de situaciones. Yo soy de los que piensan que estas personas deben ser ayudadas por organizaciones preparadas y especializadas. Estas gentes no precisan de la limosna callejera, que muchas veces ni siquiera ellas se benefician, ya que son marionetas de “sicarios” sin escrúpulos, sino de una ayuda sicológica y social, como digo, de centros especiales, que les ayuden a romper el círculo en el que están recluidos. Es labor de las instituciones el crear centros de ayuda y cobijo, y vigilar que se suministre una atención cuyo primer y principal objetivo sea la recuperación de estas personas para vida en el conjunto de la sociedad. No podemos “difuminarnos” cuando estas nos pidas su ayuda.