21 septiembre 2008

Los sentidos en el mercado medieval.

Adentrarse en el discurrir del asentamiento de un mercado medieval es o puede ser una aventura para nuestros sentidos. Ya desde hace unos cuantos años están de moda los emplazamientos de mercados, llamados medievales, en plazas y calles de ciudades españolas. A estos acuden artesanos caracterizados (no digo disfrazados) con atuendos que nos recuerdan el medievo. Sirven para que el pueblo se distraiga; para que el abuelo cuente sus memorias a su nieto: “mira con ese aparato (una romana: instrumento que sirve para pesar) en el pueblo pesábamos las cosas”; para que la María y la Pilar compren pan de hogaza y miel de romero; Jorge y Agustín se echaran un chato de vino de Cariñena; Antonio y Luisa, que son jóvenes, un mojito. Y sólo para esto? No. También sirven, cuando la “teatralización” (que palabro) es buena para dejarse llevar por los sentido: ver, oler, tocar (con permiso, que las manos van al pan) oír y gustar. A mi me gusta conversar con la gente de los puestos y les pregunto por su origen, sus trabajos y técnicas. Y como no pudiera ser de otra forma, hago fotografía.

Niño, vamos a cantar
una bonita canción;
yo te voy a preguntar,
tu me vas a responder:

Los ojos, ¿para qué son?
Los ojos son para ver.


¿Y el tacto? Para tocar.


¿Y el oído? Para oír.


¿y el gusto? Para gustar.


¿Y el olfato? Para oler.


¿El alma? Para sentir,
para querer y pensar.
(Amado Nervo. Poema: Cantos escolares. Los sentidos.)